Carolina Martín advirtió que sin métodos estandarizados para medir microplásticos, la ciencia no puede llegar a un consenso sobre sus efectos reales en la salud humana. Créditos: Foto obtenida de Diario UACh
La investigadora explica en qué estado se encuentra la ciencia sobre microplásticos en sangre humana, qué se puede afirmar con certeza y qué aún permanece en el terreno de la hipótesis.
Hablar de microplásticos, nanoplásticos y plásticos no es hablar de lo mismo. Aunque químicamente puedan compartir composición, sus tamaños los convierten en fenómenos distintos con implicancias diferentes para el organismo humano. La doctora en ciencias, Carolina Martín, lo tiene claro, y antes de responder cualquier pregunta sienta esa base: un plástico grande puede fragmentarse por efecto del sol, el viento y el calor hasta convertirse en un microplástico, y luego en un nanoplástico. Los microplásticos miden menos de cinco milímetros; los nanoplásticos, menos de una micra. Y es ahí, en esa escala casi invisible, donde la ciencia comienza a plantear sus interrogantes más urgentes.
¿Qué tipo de microplásticos o nanoplásticos se han identificado en muestras de sangre venosa de voluntarios?
Lo que te puedo decir es preliminar, porque el estudio aún no está publicado. Pero encontramos lo que normalmente vas a encontrar en sangre: PET, que son los fragmentos de botellas de plástico y envases donde se guarda comida; polietileno, que son las típicas bolsas de plástico; y polipropileno, que son normalmente las tapas de botella. Esos son los más comunes. Hay una publicación de 2024 donde caracterizaron microplásticos en sangre de veinte voluntarios y encontraron lo mismo, en distintas concentraciones y porcentajes. Pero son veinte personas; no podemos extrapolar eso a más.
¿Qué tamaño de partícula es el que logra atravesar la barrera intestinal y llegar al torrente sanguíneo?
Las partículas de menos de cinco micrómetros son las que podrían translocar, que es la capacidad de atravesar ciertas barreras celulares. Pero ojo, eso no está del todo demostrado. En la gran mayoría de los casos son hipótesis; son trabajos que se han tratado de demostrar. No hay forma todavía de monitorear en tiempo real, dentro de un ser humano, si una partícula logró atravesar la barrera. Lo que sí se hace es una inferencia: si yo le doy cierta cantidad de microplástico a un animal y después recupero menos de eso en sus deposiciones, puedo inferir que algo se absorbió. Pero confirmar ese trayecto, del intestino a la sangre, vivo, todavía no se puede.
Riesgos a la salud
Ante cuerpos extraños, el sistema inmune activa una inflamación que puede volverse crónica y vincularse a patologías graves. Actualmente, la ciencia investiga si la acumulación de microplásticos en el organismo actúa como un detonante de este proceso.
¿Qué evidencia existe hoy que vincule los microplásticos en el cuerpo a la inflamación crónica con patologías concretas, más allá de la hipótesis?
Lo que sabemos es que cuando el cuerpo detecta algo extraño, como un microplástico, activa una respuesta inflamatoria para intentar eliminarlo. Si esa exposición es continua, la inflamación se vuelve crónica, y la inflamación crónica sí tiene relación con el desarrollo de otro tipo de patologías, como los tumores. Pero no puedo hacer esa relación directa con los microplásticos. No se ha demostrado nada todavía. El mecanismo existe y no creo que esté tan lejos de la realidad, pero hasta ahora sigue siendo una hipótesis.
¿Las personas con enfermedades inflamatorias intestinales son más vulnerables a contaminarse con microplásticos? ¿Quién más puede ser vulnerable?
Sí, las personas con enfermedades inflamatorias de base o que alteren el sistema inmune serían más vulnerables. También los niños, o quienes no tienen el sistema inmunológico completamente desarrollado. E incluso durante el embarazo: si la presencia de micro y nanoplásticos es muy alta en la madre, el proceso ya podría tener algún grado de alteración desde antes del nacimiento, porque un nanoplástico podría atravesar la placenta.
¿Cuánto tiempo de exposición o qué umbral de acumulación de microplásticos se requeriría para que la activación del sistema inmune se vuelva clínicamente relevante?
Esa pregunta no tiene respuesta todavía, precisamente porque no tenemos métodos estandarizados para medirlo. Si los tuviéramos, podríamos determinar cuántos microplásticos acumula un individuo y qué tanta relación hay entre esa acumulación y la clínica: qué tan enfermo está el paciente, qué tanta sintomatología presenta. Pero hoy eso no existe, y tampoco se pueden hacer tantos estudios porque trabajar esto es bastante caro.
¿De las vías de ingreso de microplásticos al organismo, cuál tiene mayor impacto en la salud humana según la evidencia?
La evidencia actualmente considera que la vía de la ingestión es la principal vía de exposición de forma sistémica. A través de ella podemos ingerir microplásticos y nanoplásticos ya sea por agua o por lo que comemos. Es la principal porque a partir del proceso de ingestión el microplástico puede llegar a todo el cuerpo. De manera secundaria estaría la inhalación, y después el contacto transdérmico, como la ropa o los desodorantes. Pero no puedo asegurar que sea la que tenga más impacto en la salud humana. Es la principal vía de exposición, pero que sea la que genere más impacto en términos de salud, eso todavía no está demostrado.
Microplásticos y las bacterias
Además de su peligro químico, la superficie de los microplásticos permite la adherencia y el transporte de microorganismos, un entorno conocido como “plastisfera“. La investigación en este campo avanza debido a su potencial relación con la resistencia bacteriana a los antibióticos.
¿Es cierto que las bacterias pueden usar los microplásticos como vehículo para ingresar al cuerpo?
Sí, existe esa posibilidad. Los microplásticos funcionan como una superficie persistente a la que las bacterias se adhieren, lo que facilita su desplazamiento. Dentro de esas comunidades bacterianas empiezan además a circular genes de resistencia. Entonces el riesgo es que, si tengo más microplásticos funcionando como superficies adherentes, se van a favorecer estas comunidades bacterianas que encima pueden traspasar esos genes de resistencia a otras bacterias.
¿En qué se diferencia el riesgo de transporte bacteriano por microplásticos de otras vías de transmisión bacteriana ya conocidas?
Los microplásticos funcionan como una superficie persistente a la que las bacterias se adhieren, lo que facilita su desplazamiento. Dentro de esas comunidades bacterianas empiezan a circular genes de resistencia. El riesgo es que si tengo más microplásticos y estos funcionan como superficies adherentes, va a favorecer que se alojen comunidades bacterianas que pueden traspasar esos genes de resistencia a otras bacterias. Pero en términos de relevancia clínica todavía no está demostrado. Sí se sabe que las bacterias patógenas pueden llegar a nosotros a través de alimentos o agua contaminada, pero no hemos llegado al nivel de confirmar que el microplástico sea efectivamente una ruta clínica cuantificable. Si la comparara con otras rutas, diría que todavía no estamos a ese nivel, pero puede ser también porque se desconoce la información.
Estandarizar para investigar
El principal freno en el estudio de los microplásticos es la falta de protocolos comunes entre laboratorios, lo que impide comparar resultados. Sin una metodología compartida, no es posible establecer cuánta cantidad acumula una persona ni cuándo empieza a representar un riesgo real.
¿Qué considera más urgente resolver en los próximos años en la investigación de microplásticos?
Lo que falta es definir métodos que puedan medir de una manera estandarizada. Si no, es como que todos miden de una forma diferente y nunca se va a llegar a un consenso. Y tampoco puedes hacer tantos estudios porque trabajar esto es bastante caro. Entonces, de esa manera, cuando tú tienes definido tu método estandarizado, puedes lograr determinar cuántos microplásticos tiene un individuo y qué tanta relación hay con la clínica. Eso de tener métodos más estandarizados igual nos serviría mucho para poder diferenciar qué es lo que tiene el individuo, microplásticos o nanoplásticos, para que uno vea efectivamente cuál es el peor problema. Mi humilde opinión es que hace falta que la comunidad científica se junte y diga ya, este va a ser el método que vamos a utilizar, y que lo estandarice.
La conversación con Carolina Martín deja una impresión clara: no es que la ciencia no sepa nada sobre los microplásticos, sino que lo que sabe todavía no alcanza para las conclusiones que muchos titulares sugieren. El campo avanza, los hallazgos se acumulan, pero sin métodos compartidos, sin muestras representativas y sin seguimientos longitudinales, las certezas siguen siendo parciales. Y en ese espacio entre lo que se infiere y lo que se demuestra es donde más se necesita divulgación rigurosa: no para alarmar, sino para que las personas puedan tomar decisiones informadas.
Daniel Ramírez, Antonia Serey, Tomás Rosas y Antonella Sáenz.
