Leo Rosas, profesor de educación física: “A mí me gusta que la gente sea funcional, con un físico bonito y natural”

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Leo Rosas conversando con su estudiante Missael Fontecilla. Foto tomada por Daniel Ramírez D.

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El reconocido profesor se refiere a sí mismo como un promotor de la salud.

Nació en 1958, vivió a la sombra de la icónica copa de agua, en una época donde el carácter se forjaba en el barrio y en las escuelas. Él es el resultado de una historia de esfuerzo, alguien que superó sus propias limitaciones físicas para convertirse en un profesional que hoy acompaña a otros en el mismo camino. En esta entrevista, conversamos sobre su infancia y juventud, el origen de sus valores, su vida universitaria y el inicio de un legado que hoy lleva su nombre: el Gimnasio Leo Rosas.

¿Nació en Valdivia?

Nací en Valdivia en 1958. Estudié en la famosa escuela 3, donde estaban los cuchillos largos; ahí tenías que ser bravo. De hecho, de ahí salieron muchos campeones de boxeo, como el “Chico” Velázquez.

¿Cómo pasaba el tiempo en su barrio?

En mi tiempo, yo vivía por la copa de agua. Bueno, ese era mi barrio. Antes, lo que hoy es la Krahmer era una pampa. Ahí jugábamos al fútbol y había dos pandillas: una grande y otra chica, y armábamos competencias. Por ahí salieron todos los deportistas, seleccionados de básquetbol y de fútbol; salió un montón de compadres… En ese tiempo, el teléfono no existía y la pasábamos jugando: íbamos al río, nadábamos y atravesábamos el puente.

Usted cursó la media en pleno auge de la dictadura del 73. ¿Cómo era ser estudiante en esos años?
Era heavy, tú no podías estar tranquilo en la calle; andaban los carabineros, los militares. De hecho, a mí me pegaron…por gritar. Yo estaba en segundo medio y le grité a un amigo: “¡Vamos a tomar la micro acá!”, y por ahí iban pasando dos carabineros que me agarraron. “¿Qué andas gritando?”, me dijo uno; me tiró contra la pared y me pegó… Yo, en ese tiempo, boxeaba; me di vuelta y le pegué. Otro carabinero que andaba con él me apuntó con la metralleta y me dijo: “Ahora vas a ver, weoncito“, con toda la gente mirando. Él tenía un anillo y me voló un pedazo de oreja con un golpe… Yo le dije: “Aprovecha, aprovecha, que te voy a pillar”. Y cuando él se dio cuenta de que éramos unos cabros de 16 años, nos dejó ir.

El básquetbol fue una de sus principales áreas de competencia temprana. Leo Rosas fue un jugador destacado que jugó por la Universidad Austral.

Relación con sus padres

Detrás de la disciplina y los valores que moldearon a Leo Rosas, hay una historia familiar que definió su carácter. Su madre, figura central en su vida, y un padre de formación tradicional.

Cuando salió del liceo, usted quería irse de la ciudad para estudiar. ¿Cómo se lo tomó su madre?

Mi madre estaba viuda y no me dejaba irme. Siendo el menor de cinco hermanos, yo era el más consciente en el sentido de ayudar a mi madre. Ayudaba en todas las compras, picaba leña, entraba la leña, limpiaba la chimenea.

¿Cómo era la relación con su padre?

La relación con mi padre no era mala; a mí nunca me levantó la mano, pero tengo entendido que a mis hermanos mayores sí. Mi padre era un hombre antiguo; tenía una diferencia de 18 años con mi madre, por lo tanto, la formación que él tenía era machista; quería que todos le hicieran caso. Él te llamaba y te decía: “Jovencito, tengo que conversar con usted en mi oficina”. Yo no le hacía caso. Cuando descubrimos que tenía cáncer, los que lo cuidábamos éramos mi madre y yo; yo lo afeitaba para sus operaciones. A mí me decía “oveja negra” y, cuando lo iba a ver, le decía: “Llegó tu oveja negra”. Los otros viejos que estaban en la pieza del hospital le decían: “Mire… ¿quién lo está atendiendo ahora?”.

Entre sus padres, ¿quién fue su modelo a seguir?

Mi madre, principalmente. Digamos que tenía una relación muy linda con ella. Yo soy más Alarcón que Rosas porque con mi madre hacíamos todo.

Vida universitaria

A pesar de que su madre no quería que se fuera, finalmente le dio su apoyo y Leo Rosas dejó Valdivia para estudiar Educación Física. Lejos de casa, enfrentó no solo el frío y la distancia, sino también los prejuicios de una época en la que el entrenamiento con pesas era mal visto, incluso dentro de la propia academia.

¿Dónde se estableció primero cuando salió de la ciudad para estudiar?

Llegué a Rahue, un sector de Osorno, y me instalé en una pensión. Pero no tardé en darme cuenta de que no era para mí; hacía mucho frío y entrenar se me complicaba. Así que busqué otro lugar donde pudiera hacer las dos cosas: arrendé dos piezas, una para dormir y otra para entrenar.

¿Cómo era la convivencia con sus profesores?

En ese tiempo, las pesas eran tabú; quien hacía pesas era un “gorila” que se iba a quedar chico, y todos los mitos que había por ahí. Incluso cuando estudiaba, los profesores me molestaban porque hacía pesas; me decían: “Ahí viene el hombre de los músculos y la cabeza chica”.

¿Hubo alguna otra carrera que quiso estudiar antes de la de Educación Física?

Para mí, la primera carrera que quería era Kinesiología; la segunda opción, Educación Física. Casi todos los que postulamos éramos de la misma onda. Finalmente me faltaron unos puntitos y no quedé.

Leo Rosas estudió en la Universidad de Chile y se tituló como “Profesor de Estado en Educación Física” en 1983.  

Relación con su hermano Fidel

La relación entre Leo y Fidel Rosas va más allá de los negocios. Fue Fidel quien, cuando una lesión en la columna parecía alejar a Leo del deporte para siempre, lo motivó a entrenar con pesas. Juntos entrenaron y compitieron durante años, hasta que esa misma complicidad los convirtió en socios.

Considerando que antes de abrir su propio recinto, usted fue socio en el gimnasio de su hermano, ¿cómo se llegó a la apertura de ese primer gimnasio en el que trabajaron juntos?

Mi hermano Fidel trabajaba en Puyehue como agrónomo, pero no quiso seguir porque en todos los campos le ofrecían comida y él no quería engordar. Se vino a Valdivia y, después de un tiempo, me dijo: “Hermano, quiero abrir un gimnasio”. En ese tiempo era atrevido y muy factible que te fuera mal, y aun así armó el gimnasio Fidel Rosas.

¿Cómo llegó a trabajar codo a codo con su hermano?

A él no le dio la cabeza en la parte organizacional. Y como yo tenía más experiencia administrativa, lo ayudaba durante mis vacaciones. Hice toda la parte de marketing, radio, televisión. Yo trabajaba fuera de Valdivia y él me dijo: “Renuncia, sé mi socio”. Eso fue fuerte porque mi señora estaba trabajando en Osorno, en la universidad donde yo estudié, y por mi parte yo no tenía problema… cuando le dije a mi señora, ella me apoyó, gracias a Dios. Nos vinimos a Valdivia y empezamos a trabajar juntos. Nos fue la raja.

¿Por qué se separó profesionalmente de su hermano para abrir su propio gimnasio?

Trabajamos ocho años juntos con Fidel, pero en el ’97 decidí irme porque él tenía la visión del “gorila”. A mí me gusta que la gente sea funcional, con un físico bonito y natural. Yo no le dije nada, pero él ya sabía… igual se bajoneó.

Tenía una carpeta con todos los cálculos y gestiones de mi proyecto. No sé cómo, mi hermano la encontró y le dijo a mi hermana: “Va a haber otro gimnasio en Valdivia”. Cuando fui a conversar con él, Fidel ya lo sabía. Tiempo después de esa conversación, abrí mi propio gimnasio.

La vida de Leo Rosas es una historia que comenzó a gestarse en su infancia y juventud ligadas al deporte. Desde sus días como estudiante en la escuela de los “cuchillos largos” y por su firmeza frente a la dictadura, Leo demostró un carácter propio que lo llevó a romper con los moldes establecidos. Su enfoque siempre estuvo en la educación física funcional y saludable. Hoy su historia permanece como el testimonio de un profesional que, apoyado en sus valores familiares y su formación académica, logró abrir sus propias puertas para transformar vidas a través del movimiento.

Escrito por Daniel Ramírez Denis.